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A vueltas con el precio de la vivienda
Benigno VALDÉS
Eclipsados sus análisis
económicos por los de otros organismos internacionales como el Fondo
Monetario, el Banco Mundial o la Comisión Europea, la OCDE pareció perder
el norte cuando, hace sólo unas semanas, afirmó que España corre el
peligro de una «repentina y severa caída del precio de la vivienda». En particu-lar, cometió el error de olvidar
que la marcha de una economía depen-de mucho de
las decisiones que las familias tomen hoy, y que esas de-cisiones están
guiadas por lo que las familias esperan que ocurra en el futuro. Así
pues, el mensaje de la OCDE
no fue, en efecto, prudente. Pero eso no quiere decir que fuese falso por
imposible. Pues si bien el precio no tiene por qué caer, y aún menos de
forma severa, el riesgo de que lo haga no es nulo, aumenta cada día y el
Ministerio de la Vivienda no da señales de vida. Trataré de exponer mis
razones para afirmar todo esto.
El
precio caerá severamente si a su nivel actual se produce alguno de estos
sucesos: una gran contracción de la demanda, un gran aumento de la
oferta, o ambas cosas a la vez. Pues bien, hay una forma segura de que lo
último ocurra, a saber, que arraigue entre los ciudadanos la expectativa
de que el precio va a desplo-marse. Porque eso
llevaría a los inversores en viviendas desocu-padas
(hay tres millones de ellas) a ponerlas a la venta (¡sálvese quien
pueda!), y a las familias a posponer sus planes de compra (¿para qué
pagar hoy 100 por la vivienda si existe la expectativa de adquirirla
mañana por 50?). Así pues, la pregunta clave es esta: ¿Qué podría generar
semejante expectativa? Teniendo en cuenta que a veces se forman
expectativas sobre el futuro econó-mico de
forma muy peregrina, es probable que unos cuantos in-formes como el de la
OCDE lo hicieran. Por eso el citado informe ha sido tan criticado:
por inoportuno.
Inoportuno, sí; pero no exactamente
erróneo. Pues si un informe, de la OCDE o de quien sea, puede generar la
expectativa de que el precio de un activo va a hundirse, es que ese
activo está sobrevalorado; es decir, su precio debe contener un elemento
de burbuja especulativa. ¿Es eso lo que le ocurre al precio de la vi-vienda? Yo estoy convencido de que sí. Los análisis economé-tricos sugieren que alrededor del 85 por
ciento del incremento del precio en los últimos años se ha basado en
fundamentales econó-micos (aumento de la renta
familiar disponible y bajo coste de financiación principalmente), y el 15
por ciento restante es pro-ducto de una pura burbuja especulativa (los
inversores compran masivamente ese activo, contribuyendo así al aumento
de su precio, porque creen que va a revalorizarse más que los otros
activos; es decir, el precio sube porque se espera que suba). Si esos
estudios son correctos (yo creo que sí lo son), ahora mismo no hay razón
para esperar que el precio de la vivienda esté a punto de desplomarse: la
combinación 85/15 no es en sí misma explosiva y los fundamentales
económicos pueden mantener el precio en el nivel alcanzado.
Pero es evidente que no pueden
sostener aumentos en el precio de igual valor porcentual que el de los
últimos años: la combinación 85/15 pronto empezará a invertirse. No está
de más, por lo tanto, pedir a los gobiernos autónomos, los muni-cipios, la administración central y la banca,
que hagan cuanto sea posible para frenar el incremento del precio. El
objetivo ha de ser ajustarlo a la inflación o incluso acercarlo a cero
durante unos cuantos años, pues las burbujas explotan.
Quizá
fue éste el mensaje que con tan poca prudencia emitió la OCDE. Mañana
podrían emitirlo otros, y no sería de razón insistir en criticarles. Digo
esto consciente de lo que implica y un poco disgustado con la ministro
del ramo, pues acaba de afir-mar que todos
cuantos decimos que hay que frenar la burbuja, o que ésta existe en
primer lugar, somos unos irresponsables. Pues bien, yo pienso justo lo
contrario, a saber, que lo seríamos si, llegados a este punto, dejásemos
de decirlo.
Hemos aceptado el escarnio del encargado de la OCDE en
España por haber cometido una imprudencia, y nos hemos calla-do ante el
cúmulo de desatinos salidos del Ministerio de Vivienda, que han sido
mucho peor. Hasta el día de hoy, sus propuestas no han hecho más que
asustar y, como mínimo, han puesto al sector de la construcción en
«stand-by». ¿Cómo podría ser de otro mo-do, si
al fin y al cabo lo que de verdad da miedo no es el Boletín de la OCDE
sino el BOE? Vale ya de globos sonda; es hora de dar ideas. Hay
muchas viviendas desocupadas y es casi seguro (en economía no podemos
hacer experimentos en laboratorio) que un alto porcentaje lo están porque
sus propietarios ven
la Ley de Arrendamientos actual como un ins-trumento
cercano a la expropiación legal. Que en realidad lo sea o no, es ahora
irrelevante. Lo que cuenta es que eso impide que las viviendas vacías se
pongan en alquiler. Así, tal vez lo práctico sea sustituir esa ley por
otra que proporcione incentivos suficientes para la creación de un
mercado de alquiler, porque en rea-lidad ese
mercado hoy no existe.
¿Que eso favorece a los «ricos»? ¿Y qué, si de paso
también favorece a los pobres? Se trata de reducir el coste del alquiler
y tal como están las cosas no veo más forma de hacerlo que con un aumento
de la oferta. Desde luego, como no va a conseguirse es subsidiando a los
inquilinos. Dada la actual oferta de viviendas de alquiler, pequeña en
volumen y elasticidad (¿por causa de la ley de arrendamientos?), ese tipo
de subsidio será absorbido por los propietarios vía aumento de pre-cios. Póngase este proceso de traslación del subsidio
en perspecti-va dinámica (varios años en el
futuro) y la espiral «mayor precio, mayor subsidio» sólo complicará más
las cosas.
Apuesto a que Solbes
tiene al menos una parte de razón: «Tal vez con modificar la ley de
arrendamientos urbanos daría-mos un gran paso».
Y las medidas complementarias, que las pien-se
el Ministerio, en vez de ocupar el tiempo despistando a todo el mundo y
matando mensajeros.
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