25de Enero de 2005        

 

El comisario y el «PEC»

Benigno VALDÉS

Declaro mi simpatía personal por don Joaquín Almunia, comisario para Asuntos Económicos y Mo-netarios de la Unión Europea. Me cae bien. Sin embargo, no me atrevo a declararle asimismo mi simpatía intelectual, pues ignoro sus ideas. Sé que es militante del Partido Socialista, pero también lo son María Teresa de la Vega-Vogue y muchos familiares míos, de donde deduzco que la mera adscripción a esas siglas no da información precisa acerca del ideario.

En el ámbito de las ideas, Almunia me tiene desorien-tado. Por ejemplo, con relación al Pacto de Estabilidad y Cre-cimiento, que es asunto de su competencia. Para alegrar a Chirac y Shröeder, un día dice que conviene «flexibilizarlo» y, al siguiente, les pone verdes por no respetar el techo del dé-ficit público. ¿En qué quedamos?

Francamente, el Pacto de Estabilidad y Crecimiento no es la octava maravilla del mundo. Fue aprobado para conse-guir los dos objetivos a los que hace referencia su nombre, pero está diseñado de tal forma que no puede lograr ninguno. En un caso –la estabilidad–, porque carece de un mecanismo efectivo de sanciones para los países que lo incumplen,  y en el otro –el crecimiento–, porque no contempla lo admitido en la cumbre de Lisboa, a saber, que la economía europea tiene un problema de estrangulamiento de oferta, no de insufi-ciencia de demanda, de modo que no es lo mismo incurrir en déficit para subsidiar bon vivants que para darle eficiencia al sistema productivo.

Si Chirac y Shröeder quisieran flexibilizar el Pacto de Estabilidad y Crecimiento para practicar políticas de oferta y reforzar el mecanismo de sanciones, la Comisión debería con-siderarlo. En caso contrario, no. Y como no es eso lo que Chirac y Shröeder realmente están pidiendo, don Joaquín haría bien en olvidarse del tema. Abrir el melón de la reforma del «PEC» estando Chirac y Shröeder por medio, es jugar con dinamita.

Supongamos que Francia y Alemania consiguen, como pretenden, flexibilizar el «PEC» sin contrapartidas. A partir de ese momento, todos los estados de la Unión, y no sólo Alemania y Francia, empezarían a presupuestar a déficit por encima del 3 por ciento del Producto Interior Bruto actual-mente permitido. No se trata de una mera posibilidad, sino de una predicción científica: el probable «equilibrio de Nash» asociado a la nueva situación. Berlusconi (¡vaya por Dios, co-mo éramos pocos...!) se está colocando ya en la línea de salida. Y, en tal caso, la inflación en la eurozona superaría el 2 por ciento estatutario, obligando al Banco Central Europeo a in-tervenir elevando el tipo de interés. Por tanto, tendríamos a los gobiernos y al BCE remando en sentido opuesto: los unos con política fiscal expansiva y el otro con política monetaria restrictiva. En el mejor de los casos, la tasa de desempleo quedaría como está, y el mundo entero creería que la Unión Europea está gobernada por el Sombrerero loco de la merien-da de Alicia.

No creo que sea eso lo que pretenden Shröeder y Chirac. Pero entonces, ¿a qué se debe su insistencia? Me estoy em-pezando a alarmar: presupuestar déficits por encima del 3 por ciento actual equivale a abrir la puerta a un aumento en el objetivo de inflación del BCE. ¿Será eso lo que quieren en-tonces? Echémonos a temblar. Porque el Banco Central Euro-peo es el único cemento –y no es mucho– que mantiene jun-tas las piezas de ese puzzle que llamamos Unión Europea. Si arruinan su reputación, la propia Unión se esfumará.

Yo que Joaquín Almunia dejaría morir el asunto. ¡Para qué correr el riesgo de retirarse del cargo con la gran respon-sabilidad de haber contribuido un poco al suicidio de la Unión! Es más prudente esperar a que pasen las elecciones generales en Alemania y Fran-cia. Tal vez después de Shröeder y Chirac vengan otros dirigentes más preocupados por la estabilidad y el crecimiento econó-mico que por su poltrona política.

Espero que don Joaquín Almunia no pierda la concentración en esta incómoda partida, porque, a nada que se descuide, Shröeder y Chirac –«après moi, le déluge»– le pueden dar jaque-mate.