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El
comisario y el «PEC»
Benigno VALDÉS
Declaro mi simpatía personal por don Joaquín
Almunia, comisario para Asuntos Económicos y Mo-netarios de la Unión
Europea. Me cae bien. Sin embargo, no me atrevo a declararle asimismo mi
simpatía intelectual, pues ignoro sus ideas. Sé que es militante del
Partido Socialista, pero también lo son María Teresa de la Vega-Vogue y muchos familiares míos, de
donde deduzco que la mera adscripción a esas siglas no da información
precisa acerca del ideario.
En el
ámbito de las ideas, Almunia me tiene desorien-tado. Por ejemplo, con
relación al Pacto de Estabilidad y Cre-cimiento, que es asunto de su
competencia. Para alegrar a Chirac y Shröeder, un día dice que conviene
«flexibilizarlo» y, al siguiente, les pone verdes por no respetar el
techo del dé-ficit público. ¿En qué quedamos?
Francamente,
el Pacto de Estabilidad y Crecimiento no es la octava maravilla del
mundo. Fue aprobado para conse-guir los dos objetivos a los que hace
referencia su nombre, pero está diseñado de tal forma que no puede lograr
ninguno. En un caso –la estabilidad–, porque carece de un mecanismo
efectivo de sanciones para los países que lo incumplen, y en el otro –el crecimiento–, porque
no contempla lo admitido en la cumbre de Lisboa, a saber, que la economía
europea tiene un problema de estrangulamiento de oferta, no de
insufi-ciencia de demanda, de modo que no es lo mismo incurrir en déficit
para subsidiar bon vivants que para
darle eficiencia al sistema productivo.
Si
Chirac y Shröeder quisieran flexibilizar el Pacto de Estabilidad y
Crecimiento para practicar políticas de oferta y reforzar el mecanismo de
sanciones, la Comisión debería con-siderarlo. En caso contrario, no. Y
como no es eso lo que Chirac y Shröeder realmente están pidiendo, don
Joaquín haría bien en olvidarse del tema. Abrir el melón de la reforma
del «PEC» estando Chirac y Shröeder por medio, es jugar con dinamita.
Supongamos
que Francia y Alemania consiguen, como pretenden, flexibilizar el «PEC»
sin contrapartidas. A partir de ese momento, todos los estados de la
Unión, y no sólo Alemania y Francia, empezarían a presupuestar a déficit
por encima del 3 por ciento del Producto Interior Bruto actual-mente permitido.
No se trata de una mera posibilidad, sino de una predicción científica:
el probable «equilibrio de Nash» asociado a la nueva situación.
Berlusconi (¡vaya por Dios, co-mo éramos pocos...!) se está colocando ya
en la línea de salida. Y, en tal caso, la inflación en la eurozona
superaría el 2 por ciento estatutario, obligando al Banco Central Europeo
a in-tervenir elevando el tipo de interés. Por tanto, tendríamos a los
gobiernos y al BCE remando en sentido opuesto: los unos con política
fiscal expansiva y el otro con política monetaria restrictiva. En el
mejor de los casos, la tasa de desempleo quedaría como está, y el mundo
entero creería que la Unión Europea está gobernada por el Sombrerero loco
de la merien-da de Alicia.
No creo
que sea eso lo que pretenden Shröeder y Chirac. Pero entonces, ¿a qué se
debe su insistencia? Me estoy em-pezando a alarmar: presupuestar déficits
por encima del 3 por ciento actual equivale a abrir la puerta a un
aumento en el objetivo de inflación del BCE. ¿Será eso lo que quieren
en-tonces? Echémonos a temblar. Porque el Banco Central Euro-peo es el
único cemento –y no es mucho– que mantiene jun-tas las piezas de ese
puzzle que llamamos Unión Europea. Si arruinan su reputación, la propia
Unión se esfumará.
Yo que
Joaquín Almunia dejaría morir el asunto. ¡Para qué correr el riesgo de
retirarse del cargo con la gran respon-sabilidad de haber contri buido un poco al suicidio de la Unión! Es más prudente esperar a
que pasen las elecciones generales en Alemania y Fran-cia. Tal vez
después de Shröeder y Chirac vengan otros dirigentes más preocupados por
la estabilidad y el crecimiento econó-mico que por su poltrona política.
Espero que don Joaquín Almunia
no pierda la concentración en esta incómoda partida, porque, a nada que
se descuide, Shröeder y Chirac –«après moi, le déluge»– le pueden dar
jaque-mate.
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