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17 de Junio de 2004 
El «eje
París-París»
Benigno VALDÉS
Hace años circulaba por España un
panfleto muy famoso titulado Contra los Franceses.
Empezaba más o menos de este modo: «Quedamos, pues, en que allí por donde
ha pasa-do la nefasta influencia de france-ses...».
¡Qué forma de empezar un libro, así es como se termina! Sin embargo, no me
atrevería a negarle al autor (anónimo, por supuesto) un mérito creativo.
Pudo pensar que no serían necesarios ni introducción ni capítulos
demostrativos, ni siquiera conclusiones: dado el objeto del libro, bastaría
con el epílogo, porque hubo un tiempo en que cualquier español instruido
sabía que en lo concerniente a nuestros tratos con Francia conviene tener
atados los machos.
Que
ignore este saber histórico un bachiller de la LOGSE, es natural; que lo
ignore un gobierno de España, da miedo. Porque nada ocurrió en el siglo XX,
ni en lo que va del XXI, que aconseje a un político español prescindir de
la elemental prudencia que ese saber recomienda. Al contrario, y para verlo
bastan dos ejemplos recientes. Uno, que durante los años ochenta la
frontera francesa sirvió como “burladero” a los terroristas de ETA. Francia
pudo haberlos detenido y entregado a la justicia española, pero decidió utilizarlos
contra España: «Nos dais una concesión en el AVE y nosotros detenemos a A y
B». Así era Mitterrand. Y luego el serio fiasco del islote Perejil, del que
Chirac no quería que saliéramos con bien: «Ese no es un asunto de la Unión,
sino específico vuestro. Francia no apoyará a España en contenciosos con
Marruecos». ¿Y en qué otros «contenciosos» verdaderamente serios
podríamos ne-cesitar ahora la ayuda de Francia?
Gran
parte de nuestros políticos tomó lo de Perejil a broma. No lo era en
absoluto. Nos habríamos visto envueltos en un enorme problema de no haber
actuado Estados Unidos de la forma en que lo hizo: «Sepa el Reino de
Marruecos que EEUU defiende el statu quo» (para España, «Sacadlos de allí;
si algo va mal os tenderemos la mano»). Salió bien, naturalmente. Pero este
tipo de ayudas no es gratis, y así acabamos metidos en el asunto de Irak.
Cierto que el gobierno de Aznar habría apoyado a la coalición en cualquier
caso... pero más discretamente.
Y
con esta alianza llegaron la algarabía a las calles y la escandalera a las
Cortes. Las dos reclamaron lo mismo: que España no pagara sus facturas, ni
por la mercancía entregada (el asunto Perejil) ni por el seguro de riesgo
del statu quo en África. Quizá el presidente Aznar no explicó bien, o no
suficientemente, o España no quiso entender, el por-qué de nuestro apoyo a
la coalición. O quizá no podía hacerlo con mucha más claridad. Quizá por
primera vez en su vida Aznar deseó ser Fran-cés,
porque en Francia no es preciso explicar mucho esas cosas: todo el mundo
las entiende. En cualquier caso, fue con esa alianza de fondo que el
Partido Popular ha perdido las elecciones. Ahora el gobierno socialista nos
ha sacado de la coalición y con más celeridad y menos debate aún que los
que nos llevaron a ella nos ha metido en el «eje París-Berlín».
Pues
bien, yo creo que eso ha sido un error. Ese «eje» no es fiable, porque no
nos ofrecerá cobertura política, y mucho menos militar, allí donde de
verdad podríamos necesitarla, es decir, en nuestro
territorio de África; no es estable, porque tarde o temprano la Democracia
Cristiana ganará las elecciones y Alemania retornará a su tradicional
relación amis-tosa con Washington; por último,
pero también importante, tenemos poco que ganar en ese «eje» y sí mucho que
perder, fuera y dentro de la UE.
Nuestra precipitada salida de la coalición
su-pone el incumplimiento de un acuerdo internacio-nal
legítimamente adoptado por un gobierno de España. Ese acuerdo nos
comprometía a colaborar en las tareas de reconstrucción de Irak en el marco
del mandato emi-tido a tal efecto por la
ONU. Y cabe esperar que un país respete sus acuerdos internacionales; o
como mínimo, que negocie las alteraciones en ellos, incluida su
terminación. Pero incumplirlos sin más, no puede traer nada bueno.
¿Y qué puede traer de malo? No lo sé, ni
creo que lo sepa nadie. Sí sé cual es la doctrina aplicable en estos casos:
«Si la confianza [que otros nos depositen] es tan importante
para nosotros, ¿por qué medios habremos de conseguirla? La respuesta es
inmediata: por el cumpli-miento puntual de los
acuerdos. Los países que cumplen sus compromi-sos
son fiables y respetados; a los que adoptan la conducta opuesta les espera
lo contrario» (Alexander Hamilton ante el Congreso de EEUU en 1790, cuando
la calle y la cámara también pedían que el país no cum-pliera
sus acuerdos). Sólo queda confiar en que el coste de nuestra polí-tica no sea el de quedarnos solos ante el
«contencioso» en África. Eso nos vendría muy mal.
Tampoco alcanzo a entender qué ventajas nos
dará ese «eje» den-tro de la Unión Europea.
¿Seguirán apoyándonos los países de Europa del este? ¿Conseguiremos que la
Unión adopte el criterio de toma de decisiones suscrito en el acuerdo de
Niza o escogerá el propuesto por la Convención, que nos es desfavorable?
¿Continuaremos teniendo el peso político de años recientes o lo perderemos
yendo a la vera de Francia? ¿Y por qué debe haber «ejes» dentro de la Unión
Europea? Cada vez que se creó un «eje» Europa acabó explosionando.
Demasiada incerti-dumbre...
¿Está
realmente seguro el gobierno socialista de que haber aban-donado
la coalición para entrar en el (dejémonos de eufemismos) «eje París-París»
ha sido una buena idea? Entonces hará bien en expli-cárnoslo.
Porque quizá tenía atados los machos antes de dar este paso, pero España no
lo sabe.
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