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El «plan
Kerry» para Irak
Benigno VALDÉS
Estimulado por el hecho de que los ciudadanos
de Estados Unidos sí creen que el sistema democrático se encuentra en guerra
contra quienes desean cambiarlo por una teocracia islamista, John F.
Kerry ha dado a conocer su plan de acción en Irak, con el objetivo de
«conseguir un Irak estable, seguro dentro de sus fronteras y dotado de un
gobierno representativo». ¡Bien por Kerry! Sus compatriotas nunca han dudado de que ese es su obje-tivo,
pero haberlo hecho explicito es un mensaje para quienes, en otras partes
del mundo, esperaban otra cosa. El plan consiste de cuatro puntos: (1)
Acelerar el proceso de entrenamiento de la policía y el ejército
iraquíes; (2) Consolidar la reconstrucción económica del país; (3) Mantener el calendario electoral previs-to,
y (4) Conseguir que la presencia de las tropas de
la coalición en Irak no necesite prolongarse más allá de cinco años.
De este plan llaman la
atención varias cosas. La primera, que es distinto del que propone
Rodríguez Zapatero. Según el presidente del gobierno español, la
estrategia correcta en el frente de Irak sería la de retirar
inmediatamente las tropas de la coalición y reempla-zarlas, al parecer,
por «scouts, boys and girls» en estricta paridad numérica. La propuesta
se basa en que, según un profundo y sose-gado análisis –aún no publicado–
de Rodríguez Zapatero, para resol-ver esta clase de conflictos la
igualdad de sexos y un dialogo sereno entre las partes son mucho más
eficaces que el uso de las armas. ¿Y quién mejor que los «scouts»,
adiestrados en la tolerancia, el cumpli-miento de una buena acción al día
y el contraste de pareceres al calor del fuego (de leña) en campamentos
de verano, podría hacer esa la-bor? En este sentido, corre el rumor de
que España podría aportar al mencionado contingente la colaboración de
Leire Pajín, un peso pesa-do de nuestra estructura diplomática. La idea
es que Pajín tome a su cargo la tarea, sí requerida, de adiestrar a los
militantes islamistas en la balsámica costumbre de mascar chicle. Siendo
este plan tan analí-ticamente trabado y de fácil aplicación, es increíble
que Kerry no lo adoptara sin más, pero eso es lo que hay.
La segunda cosa que llama la
atención del «Plan Kerry» es que coincide con el de George W. Bush.
¿Sorpresa? Sólo para quienes, basados en sus profundos análisis
políticos, económicos y sociales de la situación mundial (y que,
naturalmente, dadas esas credenciales son –¡tienen que ser!– en su
mayoría europeos), sostienen que en Estados Unidos las decisiones de
política internacional se toman de acuerdo con el movimiento del péndulo
partidista. Más aún, cuando el turno de gobierno le toca al Partido
Republicano, cuya concepción del orden mundial es particularmente burda,
las decisiones son a menudo influidas por grupúsculos de extrema derecha,
fanáticos religiosos y visionarios enloquecidos, como ha ocurrido en el
caso de Irak. Quienes piensan de este modo, estarán muy sorprendidos.
Pero a parte de ellos, nadie más. Y es que entre el Estados Unidos real y
el que se inventan algunos intelectuales europeos, media un abismo.
La tercera cosa que llama la
atención del «Plan Kerry» es que, siendo el mismo que el de Bush, no
contenga una receta para hacerlo funcionar con más éxito que el
conseguido por éste. He planteado este tema a mis amigos del Partido
Demócrata –el correo electrónico es un invento utilísimo– y me han dicho
que sí la contiene, sólo que aparece entre la letra pequeña (que en los
actos políticos casi siem-pre pasa desapercibida). La receta es la siguiente: «Debemos hacer de Irak una
responsabilidad de todo el mundo, pues a todos nos va mucho en la
solución del problema, así que todos de-ben compartir su coste». ¡Pero
eso es justo lo que los actuales miembros de la coalición, y España
mientras lo fue, han pedido desde el principio! La propia ONU ha hecho
una llamada en tal sentido y «ni un solo país fuera de la coalición ha
res-pondido a ella», como Kerry reconoce. ¿Entonces qué receta es esa?
«La receta, Benigno, la tienes al final del párrafo que te hemos enviado,
que sigues como hace veinte años, pidiendo que las ideas se expresen con
claridad, y esto es política, no un seminario académico...». ¡Oh, ya entiendo!
«Yo [Kerry] estoy convencido de que con el liderazgo adecuado podemos
empezar de nuevo». O sea que el plan es el Plan, ya lo
cuente Bush o Kerry; lo que ocurre es que George W. Bush es un hombre de
moda- les más bien toscos y esto ha irritado a Chirac y a otros lideres
europeos. De ahí que no estén en la coalición los que no están. Muy
instructivo.
«¿Pero –sigo al correo
electrónico– de verdad os creéis esa milonga? ¿Realmente pensáis que el
eje París-Berlín ha impedido la formación de una alianza más amplia por
un quítame allá a ese Bush? ¿No tendría algo que ver el hecho de que esa
parte de Europa, acos-tumbrada durante medio siglo a nadar y guardar la
ropa, piensa que puede seguir haciendo lo mismo? ¿Se os ha olvidado el
principio del free-rider?».
La última cosa que llama la
atención del «Plan Kerry» es que, siendo el mismo que el de Bush, y
siendo las dificultades para llevarlo a cabo las que son ya las cuente
Agamenón o su porquero, «¿por qué lo habéis presentado con tanto bombo y
platillo? Voy a hacer una especulación: para vosotros esta es una no-win
situation: De no presentar algún plan, perdéis las elecciones; por
otro lado, no hay más oro que el que reluce; por último, si las cosas os
van bien en lo que queda de campaña, incluso podéis ganarlas, en cuyo
caso vosotros tendréis que aplicar el Plan. Así que mejor dejar las cosas
claras ahora».
Vamos,
que habéis cambiado de oficio pero seguís siendo igual de responsables
que antes. ¡Qué digo, más! Ya sabéis que os quiero y deseo suerte. Que
gane... el que quieran los votantes.
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