14 de Marzo de 2005

 

 

Sabiduría económica y política de

salario mínimo

Benigno VALDÉS

 

 

En el libro Why Wages Don’t Fall During a Recession (Harvard Univ-ersity Press, 1999), Truman Bewley ha dado respuesta a uno de los enigmas que más ha intrigado a los economistas de las últimas décadas: por qué, incluso, en las circunstan-cias económicas más adversas, las empresas no recurren a la reducción de salarios sino que, simplemente, reducen el tamaño de sus plantillas. En vez de continuar rompiéndose la cabeza con teorías propias y ajenas que nada explicaban, Bewley decidió hacer algo muy simple: preguntar a los interesados. ¿Por qué reducen el nivel de empleo pero mantienen los salarios? Los empresarios le contaron algo que, por lo visto, más de un economista ignora: a saber, que son conscientes de que en el mercado de trabajo no compran personas, sino «horas de trabajo de intensidad y calidad determinadas». De modo que, si redujeran el salario, los obreros responderían dejando de proveer horas de trabajo de la intensidad y calidad estipulada, y eso supone para la empresa un coste más alto que el que se evita con la reducción del salario.

Los empresarios le explicaron a Bewley que la reducción del salario socava la moral de los obreros y genera en ellos un resen-timiento permanente contra la empresa. En cambio, una regulación de empleo produce resentimiento sólo durante algunas semanas, pues los agraviados, al fin y al cabo, se marchan. En resumen, las empresas no reducen los salarios porque los obreros se quedan, pero la mercancía que les habían comprado (horas de trabajo de inten-sidad y calidad determinadas) se va. Es decir, no reducen el salario porque saben que, de facto, en el mercado de trabajo se enfrentan a una curva de oferta horizontal.

En este punto, la teoría de la competencia perfecta llega a una conclusión equivalente. Es obvio, sin embargo, que lo que los empresarios contaron a Bewley difiere de los argumentos que inspiran esa teoría. Así, aplicada al mercado de trabajo, rechazo la teoría de la competencia perfecta, aunque mantengo una de sus piezas básicas: que, en la práctica, la empresa se enfrenta a una curva de oferta de trabajo horizontal. Si a esto sumamos que en una democracia liberal existen sindicatos libres, derecho de huelga y legislación laboral, que otorgan a los trabajadores poder para im-pedir que la empresa tenga un control absoluto sobre el salario, es lógico imaginar que, en la práctica, la curva de oferta de trabajo a la que se enfrenta la empresa está situada a un nivel de salario igual, o muy cercano, a la productividad. Concluir otra cosa sería tanto como suponer que los trabajadores no explotan su poder de negociación salarial, es decir, que los sindicatos no hacen bien su trabajo. La teoría de la competencia perfecta llega a la misma conclusión. Pero, una vez más, la argumentación en la que está basada no es la aquí expuesta. Así pues, aunque he rechazado esa teoría, también man-tengo su otra pieza básica: que, a nivel global, la empresa debe pagar un salario aproximadamente igual a la productividad.

Llegados a este punto, el lector se preguntará por qué cuento todo esto. Viene al caso del debate abierto en este periódico sobre los posibles efectos de la política de salario mínimo del Gobierno socialista (José. L. Feito, Expansión de 11-02-05; y Juan J. Dolado, Expansión de 24-02-05). De lo que he dicho se deduce que discrepo del señor Feito en su reivindicación de la teoría de la competencia perfecta (si es que la reivindica). Pero pienso que sus conclusiones, que están basadas en los dos principios que he citado, son esencial-mente correctas.

En consecuencia, debo estar en desacuerdo con el profesor Dolado. En primer lugar, sostiene que la curva de oferta de trabajo a la que se enfrenta la empresa no es horizontal, porque, si la empresa bajara el salario, los obreros no se marcharían en masa. Ya he hablado de eso. Y como cree axiomático que esa curva tiene in-clinación positiva, da por hecho que el mercado de trabajo debe ser un monopsonio. Pues bien, hagamos un experimento a contrario: supongamos que lo es, e imaginemos que la productividad disminu-ye. En tal caso, la empresa debe reducir el nivel de empleo y el salario. Es decir, la teoría del monopsonio predice una reducción del salario, en contra de lo que las empresas dicen que hacen y los economistas llevamos décadas observando.

Pero sólo a una persona ociosa se le ocurriría discutir sobre si la curva de oferta de trabajo a la que se enfrenta una empresa es exac-tamente horizontal. ¿A quién le importa? Hay factores que dan a la empresa cierto poder monopsónico (los que el profesor Dolado men-ciona), y factores que se lo quitan (los mencionados por mí). Lo relevante, por tanto, es saber si el grado de monopsonio que resulte de esas dos fuerzas opuestas aconseja analizar el mercado de trabajo en términos de monopsonio. El profesor Dolado ha decidido que sí, pero sólo porque le apetece: sabe muy bien que si el grado de monopsonio es pequeño, el margen dentro del cual un gobierno puede fijar salarios mínimos sin provocar reducciones de empleo es, asimismo, pequeño.

Si a esto añadimos que, como es lógico pensar, los sindicatos habrán absorbido por lo menos una parte del margen de explotación monopsónica (y si no lo han hecho, entonces ¿a qué se han dedica-do?), parece prudente aconsejar que se pondere la posibilidad de que el Gobierno esté a punto de cometer un error, si no lo ha come-tido ya, forzando su política de salarios mínimos. Como estoy con-vencido de que el profesor Dolado sabe todo esto muy bien, imagino que su objetivo no ha sido otro que el de ejercer uno de los muchos deberes de un científico, el de sembrar el ambiente de dudas. Quizá el tempus no sea el más adecuado para eso: otro deber del científico es no contribuir a que el Gobierno tome decisiones equivocadas; y, en el caso que nos ocupa, el coste de cometer un error será grande. Pero, en fin, cada cual es responsable de lo que aconseja.

En todo caso, el profesor Dolado podría haber evitado la falacia de presentar el marco analítico de la competencia perfecta y el del monopsonio como, respectivamente, sabiduría convencional y no convencional. Eso podría inducir al lector a considerar esos dos saberes como, también respectivamente, anticuado y moderno. En realidad, no es así: ambos son de lo más convencional. En primer lugar, la teoría del monopsonio es de 1933 (y su utilización en el análisis del mercado de trabajo, de la misma época); y en segundo lugar, el debate que ahora nos ocupa, a saber: si existe, o no, un margen significativo de explotación monopsónica que permita fijar salarios mínimos a un nivel apre-ciablemente distinto del que, de manera contractual (es decir, por medio de la acción sindical), una empresa estaría dispuesta a pagar, es antiguo como la pana. Hasta donde mi memoria alcanza, fue planteado en Estados Unidos a final de la década de 1970, y desde entonces la opinión ma-yoritaria dentro de la comunidad científica es que no existe ese mar-gen. Aplicada a este problema, lo único que la teoría del monopsonio tiene de sabiduría no convencional es que [casi] nadie la comparte.

Hay mucho más que considerar en este debate. Por ejemplo, el efecto que sobre la formación de capital humano podría tener, a medio y largo plazo, la política de salario mínimo que nos propone el Gobierno. O la más que previsible compensación del aumento del coste salarial de las empresas con aumentos de los salarios no mínimos inferiores a lo que, dada la inflación actual, debería ser ra-zonable (es decir, la reducción del salario real de todos los demás trabajadores como resultado de este plan de salario mínimo). Por-que nadie dice que cada trabajador recibe un salario igual a su pro-ductividad, sino que, para cada empresa, el salario global iguala la productividad global.

Sólo haré dos comentarios sobre esto: (1) ¿Con qué aumentos se están cerrando los convenios negociados este año? ¿El 2%? ¿Con una inflación del 3,4%? Quizá los trabajadores deberían preguntar a los líderes sindicales qué está ocurriendo aquí. (2) Creo entender que el profesor Dolado lo llama «reducir la dispersión salarial (el de-nominado efecto de la espada de la justicia)». Yo le llamo tomadura de pelo; otra vuelta de tuerca al poder adquisitivo de la clase media asalariada; una compra de votos con cargo al salario de obreros más productivos. Porque de eso, y no de teoría económica, va esta polí-tica de salario mínimo. (Pero, en este punto, yo me retiro: aquí, el experto en fregados es el ministro Caldera).