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Terrorismo, educación y
pobreza
Benigno VALDÉS
La idea de que el terrorismo se debe
en gran medida a la falta de escolarización y al alto nivel de pobreza
existentes hoy en el mundo es algo que mucha gente da por sentado. Se afirma
así que el terrorismo seguirá existiendo mientras la pobreza y la igno-rancia no sean totalmente erradicadas. Muchos
políticos han dado en pensar lo mismo, por lo menos «en passant». Hasta George W. Bush afirmó en cierta ocasión que «debemos luchar contra
la pobreza porque es una respuesta al terrorismo». ¿Pero lo es real-mente?
¿Está el terrorismo determinado hasta ese punto por la pobreza y la ignorancia?
¿Podemos confiar en que si los países ri-cos dedican el 0,7% de su PIB, o cuanto sea
necesario, para erradicar del mundo la pobreza y la ignorancia tal como noso-tros la entendemos: falta
de escolaridad, se acabará el terrorismo?
Por desgracia, la realidad no da pie para albergar esa
esperanza. Cuantos es-tudios empíricos se han
realizado hasta hoy muestran que estadísticamente no hay relación de
causalidad entre pobreza e ignorancia y actividad terrorista. Esta
conclusión parece obvia para organizaciones terroristas como las Brigadas
Rojas, la banda Baader-Meinhof,
el Ejército Rojo Japonés, el Ejército Republicano Irlandés, el Ejército
de Liberación Popular de Turquía o ETA. En todos estos casos la mera
observación casual sugiere lo que los da-tos demuestran, a saber, que
«más de dos tercios de miembros capturados de estas organizaciones son
personas con alguna for-mación
universitaria y provienen de la clase media o alta» (Russell
y Miller, 1983; Taylor, 1988). A nadie se le
habría ocurrido pensar que estos grupos terroristas nacieron de la ignorancia
y la pobreza en sus respectivos países.
Sin embargo, la mera observación
casual no puede utilizarse para concluir lo mismo en países donde sí se
dan la ignorancia y la pobreza a la par que el terrorismo. Es el caso de Hezbollah, Hamás o Jihad Islámica en Oriente Medio. Pero estos casos
también están estudiados. Esto es lo que dicen los datos: (1) Hezbollah. A partir de las biografías de sus 129 shahids (militantes mártires) entre 1982 y 1994, se
deduce que «una reducción del 30% en el nivel de pobreza está asociada
con un aumento del 15% en la probabilidad de enrolarse en esta organización,
y un aumento del 30% en los años de escolaridad está asociado con un aumento
del 8% de esa misma probabilidad» (Krueger y Malecková, 2003). Lo contrario, pues, de lo que afirma
la creencia popular. (2) Hamás y Jihad Islámica. A partir de las biografías de 285 de
sus shahids entre 1987 y 2002 (más de la mitad sólo
entre los años 2000 y 2002), Krueger y Malecková (2003) han obtenido un resultado ya conocido,
a saber, que «ninguno [de esos 285 shahids]
carecía de educación formal o era extremadamente pobre. Muchos procedían
de la clase media, y los que no eran fugitivos tenían un trabajo re-munerado. Dos eran hijos de millonarios» (Nasra Hassan, 2001). Un
perfil, pues, que tampoco coincide con la creencia popular.
Pero, ¿podrían ser los terroristas los Robin
Hood de esta época? Es decir, aunque ellos no
son ni pobres ni incultos, puede que sus compatriotas lo sean y ellos
quieran liberarlos. La pregun-ta, pues, es ésta:
¿De dónde es más probable que proceda un terrorista, de un país po-bre o de uno rico? Los
datos muestran que los países po-bres generan más terroristas que los ricos, pero ¿se
debe esto al hecho de ser más po-bres o a alguna otra causa? Una vez que reparamos en
que estadísticamente los países pobres son también los menos libres, la
pregunta es necesaria. Pues bien, la respuesta es muy clara: no es la
pobreza sino la ausencia de libertades civiles para «desarrollar los
puntos de vista, las instituciones y la autonomía personal sin interferencia
del Estado» quien «produce» terroristas (Krueger
y Malecková, 2003). Probablemente esta
correlación es-tadística sería aún más clara si
la variable «ausencia de libertades civiles» fuese reemplazada por «la
percepción de ausencia de li-bertades civiles» en algunos grupos sociales. La razón
es que los datos contienen un número sustancial de terroristas de países
(Italia, Alemania, Japón o España) con alto índice de libertades civiles,
aunque «sus» terroristas no lo perciben así. Esto sesga a la baja la
correlación a escala internacional entre militancia terrorista y nivel de
libertades civiles. Dado que la militancia terrorista no procede de sectores
sociales pobres y con bajo grado de escolari-dad,
parece razonable reducir la muestra de «percepción de au-sencia de libertades civiles» a (por razones obvias)
los jóvenes de clase media o alta y grado de escolaridad secundaria o
terciaria.
Obviamente, este análisis
será difícil de llevar a cabo por falta de datos. La mayoría de los terroristas
vivos no están disponibles para ser entrevistados con una pregunta del
tipo «En una escala de 0 a 10, ¿qué puntuación otorgaría usted al grado
de libertades civiles en su país?». Pero pienso que proporcionaría el
principio unificador del fenómeno del terrorismo, a saber, que el terrorista
lo es para imponer su ideología. Que la de ETA difiera de la que mueve a
Al-Qaeda resulta, pues, irrelevante.
En todo caso, los datos muestran que estadísticamente la mili-tancia terrorista no está relacionada con la pobreza
y la incultura. Más bien parece un fenómeno de raíz ideológica que
económica y educativa. Así pues, no hay razón para esperar que erradicando
del mundo la pobreza y la ignorancia, erradicaremos también el terrorismo.
Si hemos de ayudar a los países pobres, hagámoslo por generosidad; mas
por su bienestar y el nuestro, ayudémosles tam-bién a instaurar democracias. Y preparémonos para
defender las que ya existen, porque el terrorismo que más nos azota hoy,
el de raíz islamista, tiene un objetivo claro: imponer su ideología.
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