3 de Febrero de 2005

 

 

 

Una ronda de indiciación salarial

Benigno VALDÉS

 

Con su decisión de indiciar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) a la inflación por decreto ley, el gobierno ha preparado un buen lío. La CEOE ha puesto pies en pared y ha dicho que bloqueará la negociación colectiva si esa decisión se mantiene. La idea también ha disgustado al ministro de economía, Pedro Solbes, quien se ha enfadado muchísimo. El ministro de Trabajo, un poco abrumado por esas dos re-acciones, empieza a pensar que la decisión del gobierno tal vez no haya sido buena, y duda de si pedir ayuda al ministerio más ac-tivo del gobierno Zapatero, el de Rectifica-ciones, para que informe de que todo fue un malentendido. A su vez, esa duda ha enfada-do al Secretario General de Empleo, que amenaza con dimitir porque los titubeos del ministro cuestionan su labor en el ministe-rio. Por último, los sindicatos, que celebraron la indiciación como una conquista social, amenazan con ser ellos quienes rompan el dialogo si el gobierno rectifica. ¡Será posible…!

Lo que la prensa ha contado del lío no es mucho; más o menos, lo que he descrito. En cambio, el porqué del lío mismo resulta muy enig-mático. Algunos culpan de él a la CEOE, porque, si realmente el SMI es, como nos dice, inferior al salario más bajo fijado por el mercado, ¿a qué viene su protesta? Este argumento tendría peso si en verdad el SMI fuese una figura legal decorativa. Pero ocurre que en España es utilizado como referencia en la negociación colectiva para determinar el salario de muchas categorías profesionales: «Tantas veces el SMI». De modo que, en puridad, si éste se indiciara a la inflación, automáticamente quedarían indiciados otros muchos. Y eso sí preocupa a las empresas. También les preocupa, supongo, que una vez indiciado el SMI, los sindicatos lo utilicen como precedente: Si el SMI, y con él muchos salarios de convenio, están indiciados, ¿por qué no indiciar los restantes? Dada la facilidad con que el gobierno recurre al B.O.E, no sorprende que la CEOE esté espantada.

¿Y por qué? La indiciación general obliga a que los salarios mone-tarios crezcan a la misma tasa que la inflación, de modo que el salario real se mantiene constante. En esas condiciones, si la productividad creciera las empresas aún saldrían ganando y podrían, de hecho, aumentar el salario monetario por encima de la inflación; si la productividad perma-neciera constante, las empresas quedarían igual que antes porque el sa-lario real es el mismo; pero si la productividad se redujera, quedaría por debajo del salario real: para no incurrir en pérdidas, las empresas ten-drían que (1) aumentar la productividad reduciendo las plantillas, y/o (2) disminuir los salarios reales. Lo primero sería imposible, o muy costoso, porque no hay despido libre; y lo segundo, ilegal debido a la indiciación. En resumen: cuando hay indiciación, las empresas tienen pérdidas cada vez que la productividad disminuye, y sin solución posible a corto plazo. Ahora que alguien le diga a la CEOE que, cuando eso ocurra, se aguante. No hace falta, pues, reunir a un comité de sabios para averiguar por qué la CEOE ha sufrido un ataque de nervios con la decisión del gobierno.

En el otro extremo, muchos culpan del lío a los sindicatos porque siguen sin tomar en serio el conocido consejo de Ortega: «el verdadero revolucionario lo que tiene que hacer es dejar de pronunciar vocablos retóricos y ponerse a estudiar economía». Se dice que, por no hacerlo, in-sisten en demandar lo imposible. No comparto del todo esa crítica. Hoy en día muchos líderes sindicales sí saben economía y son negociadores sensatos. Cierto, también piensan que, por pedir, que no quede, pero no hay nada de gárrulo en eso.

Entonces, ¿de quién es la culpa? Yo digo que del gobierno, que ne-goció la propuesta con los sindicatos y, lejos de oponerse a ella, la aceptó. (¿En qué estarían pensando?). Y no es excusa que ni Cadera ni Solbes estuvieran en la negociación. Sí estaban sus representantes, el Secretario General de Empleo y el Secretario de Estado de Economía. ¿Cómo es po-sible que los sindicatos convencieran a estos dos? Da la impresión de que en el gobierno reina la descoordinación. Pues bien, ahora que explique a los sindicatos que lo acordado con ellos es sólo un brindis al sol.

Indiciar el SMI a la inflación no es una buena idea. Primero, por lo ya expuesto en relación con las empresas; segundo, porque podría con-vertirse en una fuente inagotable de inflación; y tercero, porque hará imposible la práctica de la política fiscal. En España el SMI se usa, tam-bién, para referenciar muchas partidas del gasto social, de modo que en períodos de elevada inflación ese gasto se disparará, elevando aún más la inflación y ésta, a su vez, a los salarios, y así sucesivamente. Por otro la-do, el éxito de la política fiscal depende de que el aumento de precios reduzca el salario real, cosa que es imposible si el salario monetario está indiciado a la inflación. De modo que la indiciación se daría de tortas con el uso de la política fiscal si éste fuese necesario. Aunque esto no pillara a Solbes en faena, porque la indiciación no entraría en vigor hasta el año 2008, la biografía del ministro quedaría muy afectada: ¿Un ministro so-cialista asesinando a la política fiscal? Sería lo nunca visto.

Y ahora, ¿qué hacemos? Supongo que los implicados lo arreglarán de la manera habitual, que consiste en complicar aún más la legislación laboral, por ejemplo añadiéndole al acuerdo una cláusula que lo haga impracticable aunque esté formalmente aprobado. Personalmente, no me parece una solución acertada. Sería mucho mejor, por más justo y efi-ciente, olvidarse de este asunto e indiciar el salario real a la productivi-dad. Porque este lío hace buena aquella gloriosa frase del conde de Ro-manones: «¡Joder, qué tropa!».