ESPIRITU Y PALABRA

 

 

 

Además de ser energía vivificante de Dios, tenemos que considerar también al Espíritu como principio de energía divina que transforma a los hombres para poder realizar su tarea de construcción de la comunidad de la alianza.

Para poder transformar a los hombres en instrumentos aptos para la obra de Dios, el Espíritu irrumpe en ellos y les cambia y les energetiza de una manera nueva. Así por ejemplo irrumpe el Espíritu en los 70 ancianos que compartieron el ministerio de Moisés (Nm 11,25), y posteriormente en jueces, reyes y profetas, que se convierten así en personalidades carismáticas.

El advenimiento del Espíritu sobre los hombres suele revestir un carácter de irrupción brusca y violenta, que puede dar al hombre fuerzas superiores a las meramente naturales. Fuerza física, previsión del futuro, sabiduría divina... Así por ejemplo se abalanza el Espíritu sobre Sansón y le da fuerzas para despedazar a un león (Jc 14,6). Se abalanza sobre Saúl y le pone en trance profético (1 Sm 11,6).

Además de los Jueces que fueron personalidades eminentemente carismáticas, el Espíritu se relaciona con la misión de los profetas. La historia deuteronómica nos habla mucho de profetas que entran en una especie de trance o astucias antes de profetizar. Estos fenómenos contienen un elemento entusiástico, de exaltación de lo que en el hombre hay de instintivo, de energía vital. Representa una enorme energía creadora, que surge desde las capas más profundas del psiquismo, y que puede tener efectos muy poderosos, tanto positivos como negativos.

De suyo esta forma dinamizadora es algo moralmente neutro que puede usarse tanto para el bien como para el mal. Frente al Espíritu de Dios, están los malos espíritus, como el espíritu de melancolía que atormentaba a Saúl (1 Sm 16,14).

Sólo cuando la manifestación del Espíritu está al servicio de la Palabra de Dios, puede esta potencia convertirse en un impulso positivo que crea, renueva, da vida, ilumina y enardece.

En los estratos más antiguos de la Biblia hay una ambivalencia en los fenómenos atribuidos a la manifestación del Espíritu. Los que aparecen en los profetas verdaderos son muy semejantes a los que aparecen en los profetas falsos. Lo que les distingue no es lo que tienen de externo -trances, adivinaciones, éxtasis, milagros- Todo esto acompaña también a los falsos profetas que no han sido enviados por Dios.

Por eso en el siglo VIII aparece un cierto recelo con respecto a este tipo de fenómenos, que estaban asociados con la presencia y actuación del Espíritu de Dios como fuente de inspiración profética. Los profetas escritores, Amós y Oseas, y sobre todo Jeremías, pondrán como fuente de su inspiración no ya el Espíritu, sino la Palabra de Dios, como orden racional de exigencias morales, del ordenamiento de la alianza. Según esto el discernimiento de la verdadera profecía no habrá de hacerse por lo más o menos aparatoso de los fenómenos carismáticos que la acompañan, sino por la coincidencia con la Palabra de Dios de la alianza.

Oseas, Amós y Jeremías tuvieron que enfrentarse muchas veces en su vida con falsos profetas que alardeaban de dones carismáticos. Por ello se nota en ellos una cierta desconfianza hacia el Espíritu, y un mayor centrarse en la Palabra.

Sin embargo nunca debemos oponer la Palabra al Espíritu. el elemento racional, integrador, ético, nunca debe oponerse al elemento entusiástico, intuitivo, dinamizador. Ambos deben complementarse, Pero tradicionalmente se ha dado en la Iglesia una contraposición entre una Iglesia más carismática y vital, por una parte, y otra más institucional, más legalista, o más intelectual. Ya en Corinto encontramos esta tensión.

Pero hay otros profetas que son más integradores de Palabra y Espíritu. Isaías, por ejemplo valora simultáneamente la Palabra y el Espíritu como fuente de inspiración profética. en Isaías 11,1-2 se atribuyen al Espíritu dones de entendimiento, sabiduría y ciencia que no son algo meramente energético. Igualmente en Is 61, 1-3 se atribuye al Espíritu que unge al siervo, la tarea de realizar una liberación ética de los oprimidos. En este texto mesiánico deberíamos conciliar en la Iglesia las dos grandes corrientes dinámicas de la Iglesia de hoy: la teología de la liberación y el movimiento carismático, viendo cómo es un mismo Espíritu el que pone alabanza en vez de abatimiento (61,3) y el que libera a los cautivos (61,2).

Otro de los grandes profetas que atribuyen su acción al Espíritu es Ezequiel en la profecía de los huesos secos (Ez 37, 9-14), y en la profecía del corazón nuevo (Ex 36,26-27). Finalmente Joel anuncia que el Espíritu será derramado sobre toda carne, incluyendo el don generalizado de la profecía (Jl 3,1-5).

 

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