a)
El triduo pascual
1.- Historia de la celebración de la fiesta de Pascua
La celebración de la
pascua semanal en la Iglesia es más antigua que la celebración de la Pascua
anual. No podemos fijar la fecha en que la Iglesia empezó a celebrar la
Pascua una vez al año. Algunos ven reflejos de una liturgia bautismal de
Pascua ya en la primera carta de Pedro, pero todo resulta muy hipotético.
Normalmente se suele decir que
el primer testimonio acerca de una celebración pascual anual está en la carta
de san Ireneo al Papa Víctor, que se nos ha conservado fragmentariamente en
la Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea. Según este testimonio, la
Iglesia de Roma habría comenzado a celebrar la Pascua anual en domingo en
tiempos del Papa Sotero hacia 165, por influjo de las Iglesias de Oriente.
Eusebio nos informa de la
controversia sobre la fecha de la celebración de la Pascua que dividió a las
Iglesias judeocristianas de las occidentales. Los judeocristianos de Asia
Menor, encabezados por Polícrates, obispo de Éfeso, seguían el calendario
judío y recordaban la muerte del Señor con un día de ayuno el 14 de Nisán.
Debido a esta fecha de celebración se les llama cuartodecimanos. Pero, como
el 14 de Nisán, según el calendario judío, no tiene por qué caer en domingo,
el recuerdo que evocaba era más la muerte del Señor que su resurrección.
En cambio las comunidades
occidentales ayunaban desde el viernes al domingo, prescindiendo del día
exacto en que cayese la Pascua judía. Siempre celebraban la Pascua cristiana
en domingo con una connotación mucho más primaria a la resurrección.
A los ojos de muchos esta
celebración de los cuartodecimanos recordaba más la Pascua judía que la
cristiana y esto causaba malestar. El papa Víctor hacia el año 190 amenazó
con excomulgar a las comunidades judeocristianas de Asia Menor si no
cambiaban su fecha de celebrar la Pascua, pero san Ireneo intervino y le
recordó al papa que ya cuarenta años antes, hacia el 150 el papa Aniceto
había acordado con san Policarpo respetar esta diferencia de tradiciones.
Parece ser que al final el
papa Víctor no excomulgó a los cuartodecimanos, pero la materia siguió siendo
objeto de un agrio disenso entre las Iglesias.
Otros autores hacen una lectura diferente de esta carta y piensan
que la Iglesia de Roma celebraba ya la Pascua en domingo antes de la fecha a
la que alude la carta de san Ireneo. Al final en el concilio de Nicea en 325 se terminó reconociendo
universalmente el domingo como fecha de celebración de la Pascua. Para el
cómputo se utilizó el uso alejandrino del domingo siguiente al
plenilunio inmediatamente posterior al equinoccio de primavera. Estaba en
juego también la voluntad de desengancharse de los judíos y de no tener que
depender de ellos en el cómputo de las fiestas cristianas.
Posteriormente surgió un nuevo
disenso entre Oriente y Occidente, con ocasión de la reforma gregoriana del
calendario, que hasta hoy no ha sido aceptada por los ortodoxos.
El cómputo de un ciclo anual
quiere mantener la fecha de la Pascua en el equinoccio de primavera, pero se
ve perturbado por el desajuste entre el calendario civil juliano y el año
astronómico. El mismo problema se da si se quiere mantener la Navidad en
relación con el solsticio de invierno.
El año juliano tiene once
minutos y catorce segundos menos que el año astronómico, y se va atrasando
cada vez más. La acumulación de estos minutos a lo largo de los años -un día
entero cada ciento veintiocho años- había llegado a sumar ya en 1582 once
días completos, con lo que equinoccios y solsticios cayeron ese año once días
más tarde en el año civil. Para solucionarlo, en la reforma gregoriana del
calendario en 1582, se pasó directamente del 4 de Octubre al 15, ganándose
esos once días de retraso que llevaba el año civil.
El hecho de que el cambio se
impusiese por autoridad papal, frenó a los no católicos que no querían
reconocer la autoridad del Papa. Más tarde los protestantes alemanes
aceptaron la reforma gregoriana en 1700, y los anglicanos ingleses en 1752.
Los ortodoxos no la han aceptado y siguen todavía el calendario juliano. A
los once días de desajuste que ya había en 1582, se han añadido dos más, con
lo cual ahora el desajuste actual es de trece días y sigue creciendo. El 25
de diciembre ortodoxo equivale hoy al 6 de enero del calendario
astronómico-gregoriano, es decir, del nuestro. Si los ortodoxos quisieran
ajustarse con el año astronómico, tendrían que dar un salto de trece días en
su calendario. Para complicar las cosas, en países como Grecia o Rusia se usan
simultáneamente ambos calendarios. La administración civil sigue el cómputo
gregoriano, pero la Iglesia ortodoxa sigue el cómputo juliano, con lo cual,
el día de Navidad es a la vez el 25 de diciembre del calendario religioso y
el 6 de enero del calendario administrativo.
La celebración de la Pascua
venía precedida por un ayuno desde el viernes, que sólo era roto con la
Eucaristía de la vigilia pascual. Tertuliano y la tradición apostólica de
Hipólito se refieren ya a la celebración del bautismo en esa vigilia.
Aunque el término Triduo
sacro es un término moderno del siglo XX, sin embargo en los santos
Padres ya vemos una alusión a los días de la pasión, muerte y resurrección.
Orígenes hablaba del viernes dedicado a la pasión, el sábado dedicado al descenso
a los infiernos, y el domingo dedicado a la resurrección. La peregrina Egeria nos
describe con todo detalles cómo se celebraba el triduo en Jerusalén.
La liturgia prevaticana, desde el siglo XVI, anticipaba la
resurrección al sábado de gloria y celebraba la vigilia el sábado por la
mañana. El triduo consistía entonces en jueves, viernes y sábado santo. Pero
el concilio Vaticano ha restaurado la verdadera naturaleza del triduo, que
consiste en el viernes, sábado y domingo. Efectivamente, el día de jueves
santo es un día más, equivalente al martes o al miércoles santo; en realidad
es el último día de la cuaresma. La liturgia de los laudes y de las horas
intermedias mantiene la misma tonalidad de los días anteriores. Es sólo al anochecer,
cuando empieza solemnemente el Triduo con la Eucaristía In coena Domini.
El Triduo actual dura, por tanto, desde la víspera del Viernes hasta las
segundas Vísperas del domingo por la tarde.
La reforma de la Semana santa es anterior al concilio. Fue Pío XII
quien introdujo los cambios más profundos, en dos momentos. En 1951 se
publicó el decreto Dominicae Resurrectionis (8.2.51), reformando la
vigilia pascual, y en 1955 el decreto Maxima redemptionis nostrae
mysteria (16.11. 55), reformando el resto de la Semana santa. El ritual
estuvo completo en 1957: Ritus pontificalis hebdomadae sanctae instaurati.
La reforma fue tan radical que apenas hubo nada que cambiar después del
concilio, sino simplemente reafirmar el nuevo ritual ante las inercias que llevan
continuamente a volver hacia atrás.
Veamos brevemente cómo era la
semana santa antes de la reforma de Pío XII. El jueves Santo se celebraba una
Misa única por la mañana, en la cual se recordaba la institución de la
Eucaristía y se consagraban también los óleos en las catedrales. Quedaba
luego el Santísimo solemnemente expuesto a la veneración de los fieles
durante 24 horas. Se reservaba únicamente una sola hostia, para la comunión
del celebrante en el Viernes santo. El sacerdote guardaba colgada en su pecho
la llave del sagrario. Era costumbre visitar los monumentos de distintas
iglesias durante este tiempo. La tradición española pedía que las mujeres
llevaran la peineta con mantilla blanca el jueves y con mantilla negra el
viernes. Las iglesias permanecían abiertas durante la noche y había turnos
nocturnos de adoración.
La adoración al Santísimo
concluía con los oficios del Viernes santo por la mañana, en los cuales
únicamente comulgaba el sacerdote con la forma que había quedado reservada en
el monumento.
El Sábado santo se llamaba
“Sábado de Gloria”. Ya temprano por la mañana del sábado se celebraba la
Resurrección del Señor y se tocaban las campanas de todas las iglesias,
retirando los velos negros de los altares. El clima del sábado era un clima
ya totalmente festivo. En España lo típico era asistir a los estrenos de
películas en los Cines, que comenzaban una nueva programación tras haber
proyectado sólo películas religiosas durante el jueves y el viernes santo.
Entre los oficios del Jueves y
el Sábado Santo no se tocaban las campanas ni las campanillas, sino sólo las
carracas o matracas. Tampoco podía tocarse el órgano ni ningún instrumento.
Inclusive en los hogares estaba mal visto cantar u oír música en esos días.
La reforma de Pío XII tuvo las
siguientes características:
*Trasladar a la tarde la Misa “In Coena Domini”, como una
Misa distinta de la Crismal, que se tiene por la mañana del Jueves Santo.
Incluir el lavatorio de pies dentro de la Eucaristía “In Coena Domini”.
* Trasladar a la tarde también los oficios del Viernes Santo, y
permitir la comunión a todos los fieles en este día.
* Retrasar la conmemoración de la resurrección a la Vigilia pascual
en la noche entre el Sábado y el Domingo y conservar el clima penitencial
durante el sábado, desterrando el nombre de ‘Sábado de gloria’ para llamarlo
‘Sábado Santo’.
2.- La Eucaristía “In Coena Domini”
Desgraciadamente, en el
desarrollo histórico, el triduo que pretendía dar mayor relieve al domingo de
Pascua, acabó robándole mucho de su protagonismo y disgregando la unidad del
misterio pascual. La importancia dada a la Eucaristía del Jueves por la
noche, acabará dando protagonismo al jueves, pasando a incluirlo en el
cómputo de los tres días del triduo, con exclusión del domingo.
La Eucaristía en este dies
traditionis es memorial de la institución eucarística y de la entrega del
Señor, tal como expresan las nuevas oraciones del Misal de Pablo VI. La
reforma litúrgica ha hecho posible la concelebración sacerdotal y la comunión
bajo las dos especies, que tienen un gran poder significativo.
El rito del lavatorio de los
pies se celebraba anteriormente como un rito supletorio, fuera de la
Eucaristía, con el nombre de ‘mandato’. El nuevo ordo de Pío XII lo ha
incluido dentro de la celebración eucarística, después de la homilía.
En los siglos XIII-XIV se
añaden a la Eucaristía In Coena Domini dos nuevos ritos, el del
traslado solemne de la reserva eucarística y de la denudación de los altares.
El traslado de la reserva venía motivado por la necesidad de comulgar al día
siguiente de los “presantificados”, ya que el Viernes Santo no se celebraba
la Eucaristía. Pero este traslado dio pie a entender el sagrario de la
reserva como un “monumento”, una tumba, y se llegó a representar este
significado simbólico de tumba de un modo realista. Hoy día la Iglesia quiere
que desaparezca del todo esta connotación mortuoria. La adoración a la
Eucaristía dura sólo hasta media noche, como acción de gracias por el don del
sacrificio pascual. “Pasada la medianoche, la adoración debe hacerse ya sin
solemnidad, dado que ha comenzado ya el día de la Pasión del Señor”.
Frente al barroquismo y exceso de adornos florales que
caracterizaban a los “monumentos”, la liturgia actual recomienda “no perder
de vista la sobriedad y la austeridad que corresponden a la liturgia de estos
días, evitando o erradicando cualquier forma de abuso”. Se permiten los instrumentos músicos, aunque sólo para acompañar el
canto. El Sacramento ha de ser reservado en un recipiente cerrado y no en una
custodia a la vista. Terminada la Misa se despoja el altar, y las cruces se
cubren con un velo oscuro o morado.
3.- El Viernes Santo
El primer día del triduo
pascual es el viernes santo. Más que un día de llanto y de luto, es ante todo
el día de una contemplación amorosa del sacrificio cruento de Jesús, fuente
de nuestra salvación.
El Viernes Santo es un día de ayuno y abstinencia, No se puede celebrar este
día ningún sacramento fuera de la penitencia y la unción de los enfermos.
El color de los vestidos en la
reforma de Pío XII era el negro para la primera parte de la acción litúrgica
y el morado para la comunión. En la liturgia postconciliar ha quedado como
único color el rojo, que es el color de los mártires.
En este día se tiene una ‘sinaxis’
o reunión no eucarística. De hecho es el único día del año en el que la
Iglesia no celebra la Eucaristía. El motivo primario de no celebrar la
Eucaristía era el rígido ayuno que se prolongaba hasta la Vigilia pascual. De
este modo se subraya mejor como culminación del triduo la Eucaristía de la
Vigilia. Además la Eucaristía siempre tiene una tonalidad festiva que se
procura evitar en esta conmemoración de la pasión.
La entrada de los ministros
tiene lugar en profundo silencio. Los ministros se postran rostro en tierra,
gesto que significa tanto la ‘humillación del hombre terreno’, cuanto la
tristeza y el dolor de la Iglesia. El altar está desnudo y sin
velas al comienzo de la celebración.
Las
lecturas culminan con la lectura o el canto de la Pasión según san Juan, que
suele hacerse dialogada, entre varios ministros o lectores. La oración de los
fieles en este día es especialmente solemne, y la Iglesia abre su oración a
todas sus necesidades y las del mundo.
El
centro de la acción litúrgica desde sus comienzos fue la adoración de la
cruz, tal como atestigua la peregrina Eteria. Esta adoración comenzó teniendo
lugar en las ciudades se conservaba un lignum crucis. Un ministro trae
la cruz procesionalmente, y luego la adoran tanto los ministros como los
fieles, mientras se cantan los ‘improperios’.
A
partir del siglo VII se daba la comunión a los fieles, aunque posteriormente
solamente el sacerdote comulgaba ese día, tal como se ve en el Misal de san
Pío V. En el nuevo ordo de Pío XII se volvió a la antigua costumbre de
que todos los fieles pudieran comulgar el viernes santo.
La
acción litúrgica u ‘oficios’ del Viernes tiene, pues, tres momentos: a) una
liturgia de la palabra que contiene tres lecturas y una larga oración de los
fieles; b) la adoración de la cruz; c) la comunión. Tras esta
celebración, la Iglesia entra en el silencio.
4.- El Sábado Santo
El Sábado santo es el
segundo día del Triduo pascual. Tradicionalmente fue día de ayuno pleno, y
día alitúrgico. Actualmente el ayuno está recomendado en este día, pero no es
obligatorio. No hay celebración en la iglesia, fuera de la Liturgia de las
horas ante el altar desnudo. Pronto se venera en este día el descanso de
Jesús en el sepulcro y su descenso a los infiernos.
En este día está totalmente
prohibido celebrar la Eucaristía, ni siquiera en el caso de un entierro. La
comunión puede darse sólo en forma de viático. No se pueden celebrar otros
sacramentos fuera de la penitencia y la unción de los enfermos.
En la antigua Iglesia se reunían
en este día los que iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual, y se tenían
los últimos ritos del catecumenado si no se habían celebrado ya antes: el
último escrutinio de los electi, el rito del Effeta, la unción
de los catecúmenos, las renuncias...
5.- La Vigilia pascual
“En el modo de anunciar la
celebración de la Vigilia pascual, evítese presentarla como el último acto
del Sábado Santo. Dígase, más bien, que la Vigilia pascual se celebra en la
noche de Pascua”.
Efectivamente, la Vigilia Pascual es ya parte integrante del domingo de
Pascua.
La
noche de pascua conserva algo de la expectación “mágica” propia de la noche
del seder en el judaísmo, la cuarta noche en la que se espera la
aparición del Mesías y la inauguración del mundo nuevo. Es la noche en la que
durante siglos los judíos han seguid clamando: “El año que viene en
Jerusalén”.
El
esquema de la vigilia nos recuerda el de las otras vigilias normales,
centradas en una liturgia de la Palabra más larga y en la celebración de la
Eucaristía. Éste es el núcleo principal de la celebración, a la que se añaden
un lucernario, como había también en otras vigilias, y un rito bautismal.
Pero
el espíritu de esta noche es único. San Agustín la llama “la madre de todas
las vigilias” (Sermón 219). Es una noche de memoria y de esperanza, en
la que los creyentes en Cristo velan con las lámparas encendidas.
La
Iglesia insiste en el carácter nocturno de esta Vigilia. Una y otra vez
exhorta a que no se adelante a la tarde del sábado en ningún caso. Sin
embargo esta insistencia viene siendo desoída en muchos lugares. El Misal
Romano ordena: “Toda la celebración de la Vigilia Pascual debe hacerse
durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la
Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya
después del alba del domingo”.
La Conferencia episcopal
española se vio obligada a salir al paso de los múltiples abusos que se
venían dando, con palabras que no dejan lugar a duda: “Para adelantar
la Vigilia se invocan algunos motivos, como pueden ser la comodidad de los
fieles, la inseguridad ciudadana o la dificultad por parte de algunos
ministros para atender varias parroquias o comunidades. Pero estos argumentos
no parece que puedan justificar realmente una práctica tan opuesta a la
naturaleza de la celebración y tan en contradicción con la normativa
litúrgica vigente. De hecho a las horas más tardías se celebran, por ejemplo,
la Misa de medianoche en Navidad, y fuera del ámbito religioso, numerosas
manifestaciones de cultura y otros actos parecidos”.
Ni
siquiera justifica adelantar la Vigilia el hecho de que un ministro pueda así
celebrar en dos lugares distintos. “La repetición de la celebración no es
recomendable. No resulta fácil que un ministro que, con su actitud espiritual
está llamado a animar a toda una asamblea, pueda comenzar de nuevo una
Vigilia que se inicia en un clima de espera y de tinieblas, después de haber
vivido ya la luz y la alegría del encuentro sacramental con el Resucitado y de
los ‘Aleluya’ festivos de la Pascua” (Ibid. p. 1251).
La
Vigilia de Pascua consta de cuatro partes: lucernario, liturgia de la
Palabra, liturgia bautismal y liturgia eucarística. En la reforma de Pío XII
se mantenía la antigua usanza de conservar dos partes netamente
diferenciadas. En la primera se usaba el color morado durante la liturgia de
la luz, las lecturas del Antiguo Testamento y la bendición de la fuente
bautismal. Luego venía la Eucaristía, en la que se usaban los ornamentos
blancos y que comenzaba con las lecturas del Nuevo Testamento. El recuerdo
del momento de la resurrección con el canto del Gloria no se tenía hasta la
Eucaristía.
En
la liturgia postconciliar se han integrado todos los elementos en usa
secuencia única, y se usan ya los ornamentos blancos desde el principio. Ya
no se separan las lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento, sino que se
integran en una única liturgia de la Palabra, antes de la liturgia bautismal.
La conmemoración del momento de la resurrección se hace ahora antes de la
bendición de la fuente, con lo que ahora la liturgia bautismal se después de
cantar el Gloria y el Aleluya, con todas las luces encendidas y el altar
lleno de flores, mientras que antes se tenía con ornamentos morados, con la
iglesia en penumbra, las imágenes veladas.
*Lucernario:
Comienza fuera del templo con la bendición del fuego nuevo. Es importante que
la hoguera no sea sólo simbólica, sino que verdaderamente arda e ilumine. El
cirio pascual ha de ser de cera, nuevo cada año, relativamente grande, nunca
ficticio. Lleva pintadas el Alfa y la Omega y el número del año. Se clavan en
él cinco bolas de incienso en recuerdo de las cinco llagas de Cristo
resucitado.
Varios
padres aluden a este cirio, pero el primer documento que nos informa sobre su
existencia es el sacramentario Gelasiano (s. VII-VIII).
Se
entra en el templo en procesión llevando el cirio pascual. Conviene que el
templo esté a oscuras y la procesión se haga a la sola luz del cirio pascual
y de las pequeñas velas que los fieles van alumbrando a partir del cirio. A
la luz de estas velas el diácono canta o proclama el Pregón pascual, o canto
de la Angélica, un antiquísimo himno de la Iglesia romana. Si ningún ministro
ordenado puede cantar, puede cantarlo un lector no ordenado. Es preferible la
dignidad del canto al hecho de la ordenación.
*Liturgia de la Palabra:
Contiene siete lecturas del Antiguo Testamento y dos del Nuevo. Se trata de
un resumen de toda la historia de salvación, con los tres relatos de la
creación, el sacrificio de Isaías y el paso del Mar Rojo. Sigue un textos
escatológico de Isaías (54,5-14), y luego tres lecturas proféticas que aluden
al bautismo.
En
cada lectura se sigue el mismo rito. Precede una monición, sigue la lectura,
el canto de un salmo, y una oración presidencial que exponen el sentido
tipológico de los textos leídos. Una de las rúbricas dice: “Evítese con todo
cuidado que los salmos responsoriales sean sustituidos por cancioncillas
populares”. Al terminar de leer el Antiguo
Testamento se canta jubilosamente el Gloria, suenan las campanas y se ilumina
la Iglesia plenamente.
La carta a los Romanos nos da la
teología del bautismo como participación entre la muerte y la resurrección
del Señor. Tras la lectura de Romanos se canta solemnemente el Aleluya, que
había estado silenciado desde el miércoles de ceniza. Lo entona el presidente
tres veces elevando gradualmente la voz, y responde el pueblo. Si el
presidente no puede cantar, le suple un salmista.
Sigue la proclamación del
Evangelio por el diácono, que es siempre el hallazgo de la tumba vacía según
el evangelio sinóptico que se esté leyendo en el ciclo trienal. Con la
homilía presidencial termina la liturgia de la Palabra.
*Liturgia bautismal:
Es
muy conveniente que en la Vigilia Pascua haya algún bautismo, preferiblemente
de adultos. Aun en el caso de que no haya bautizados, en las parroquias se
bendice el agua bautismal que se usará durante el tiempo de Pascua. En las
iglesias donde no hay pila bautismal ni hay bautismos, se tiene una bendición
simple del agua con la que serán rociados todos los fieles en la renovación
del bautismo.
Tras
la bendición del agua se renuevan las promesas del bautismo. Durante la
renovación los fieles están de pie con los cirios encendidos. Después viene
la aspersión. Conviene que esta aspersión, como todos los otros ritos, no sea
puramente simbólica, sino que los fieles “lleguen a mojarse” de verdad.
*
Liturgia eucarística
Hay el peligro, dado de lo
avanzado de la noche, de que se acelere el ritmo de esta última parte. No hay
que olvidar que es la parte principal de toda la noche: oración de los
fieles, procesión de las ofrendas en la que pueden participar los neófitos
adultos, la plegaria eucarística primera, segunda o tercera, a ser posible
cantada, con sus embolismos, la comunión eucarística bajo las especies de pan
y de vino, la bendición solemne y la despedida festiva.
A la hora de evaluar la reforma de la Semana santa, hay mucho que
alabar, pero desgraciadamente queda todavía mucho por hacer, hasta que los
fieles y la piedad popular entren en la dinámica litúrgica. El Triduo pascual
debería tener un crescendo que culminase en la Vigilia. Lamentablemente sucede
al revés. En lugar de observar un clima ascendente, la concurrencia de los
fieles va disminuyendo desde el Jueves Santo hasta la Vigilia. Si comparamos
con la raigambre popular que tiene la Vigilia en la Iglesia griega o rusa,
nos damos cuenta de cuánto nos falta aún por conseguir.
En el fondo hemos atomizado el misterio pascual para vivirlo no
místicamente, sino históricamente, fraccionado en los pasos diversos que
jalonan la historia humana de Jesús. Al principio la Iglesia contemplaba en
el misterio pascual al Pantocrátor, en una imagen “intemporal y ahistórica,
de rasgos humanos universales, que vendría a ser la expresión plástica de la
imagen original de Cristo. Es la imagen del Cristo glorioso, del Cristo que
ha pasado de este mundo al Padre”.
Tras haber atomizado e
historizado el misterio, pasamos a privilegiar el momento de la muerte sobre
el momento de la resurrección, quizás porque nos resulta más fácil en esta
vida identificarnos con los sufrimientos de Cristo que con la alegría de su
resurrección. Toda la piedad popular española de las procesiones fomenta esta
devoción dolorista.
6.- El día de Pascua
La Eucaristía del día de
Pascua se debe celebrar con toda solemnidad. La aspersión con el agua suple
al acto penitencial. El cirio pascual tiene su lugar propio junto al ambón o
junto al altar, y debe encenderse en todas las celebraciones litúrgicas
importantes durante el tiempo de Pascua. Después de Pascua se traslada al
baptisterio y se usa en los bautismos y también en las exequias, para indicar
que la muerte del cristiano es su propia Pascua. Se reza o canta la secuencia
de Pascua, o Victimae paschali laudes, que es del siglo XI.
La octava, hasta las segundas
vísperas del segundo domingo de Pascua se considera como un solo día, con una
gran solemnidad que no cede ante ninguna otra fiesta. Se reza el prefacio
pascual I, diciendo “en este día” y se canta sin cesar el salmo 117: “Este es
el día que hizo el Señor”. Se reza o canta el Gloria durante toda la octava,
y se despide a la asamblea con el “Podéis ir en paz, aleluya, aleluya”.
Durante los ochos días de la Octava se rezan los mismos himnos y salmos de
laudes y vísperas –los del domingo de la primera semana del salterio-, con
las mismas antífonas.
La costumbre litúrgica de las
octavas es también una herencia judía. Tanto en Pascua como en Tabernáculos,
los judíos distinguen entre el día principal de la fiesta, y los días que
median entre este día y el final, que son días de semifiesta, o kol
haMo’ed. Los primeros testimonios de la celebración de una octava son del
siglo IV. Dicha octava respondía a una necesidad pastoral, la de la praxis
bautismal. Durante los ochos días siguientes a su bautismo, los neófitos se
reunían para concluir su proceso de iniciación con una mistagogia.
Conservamos algunas de estas predicaciones mistagógicas. Eteria testimonia ya
de esta práctica al final del siglo IV en Jerusalén.
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b)
La cincuentena pascual
En los primeros siglos
la cincuentena pascual es una herencia de la práctica judía del Omer,
la cincuentena que va entre Pésaj y Pentecostés, en la cual hay obligación de
ir contando los días que van pasando durante las siete semanas. Pentecostés
recibe en hebreo el nombre de Hag haShavu’ot, o fiesta de las semanas
(Ex 34,22), en la que junto con el ritual agrícola de presentación de las
primicias, se va introduciendo una conmemoración de renovación de la alianza.
Pentecostés en realidad, más
que un día, es un tiempo de cincuenta días. La fiesta final es precisamente
el día en que se “completan” los días de Pentecostés. Se discute sobre la
importancia del contenido que se ha trasvasado de la fiesta judía a la fiesta
cristiana, aparte del nombre y de la duración. Algunos padres alejandrinos
relacionan alegóricamente las primicias de la siega con las primicias de los
dones del Espíritu. También hay una tendencia espiritual, de cuño más
paulino, de establecer una tipología Moisés-Cristo, que marca un contraste
entre el don de la Ley y el don del Espíritu, como pertenecientes a dos
regímenes distintos.
En la liturgia más primitiva,
Pentecostés designa más un tiempo que un día concreto. Así por ejemplo
Tertuliano, hablando de que en Pentecostés no se ayunaba y no se oraba de
rodillas, se refiere al ‘día de la resurrección’ y al ‘período
de Pentecostés’, y dice que ambos gozan de la misma solemnidad y alegría. En otro texto llama
Pentecostés ‘spatium laetissimum’, refiriéndose a él también no como
un día, sino como un espacio de tiempo.
Eusebio de Cesarea dice que “durante los días de Pentecostés,
representando la imagen del reposo futuro, nos mantenemos alegres y
concedemos descanso al cuerpo como si ya estuviésemos gozando de la presencia
del esposo”.